LA COOPERANTE QUE CAYÓ DE UN HELICOPTERO

El helicóptero se desplazaba rozando una escarpada colina perdida del Kurdistan. Parecía una libélula de bronce con la cruz roja salpicada de barro.

Una misión de rutina, si no fuera por el puntero láser que había recorrido el fuselaje.

Fue a la altura de un poblado cubierto de tiendas y ganado, cuando comenzaron a martillear el casco de la aeronave con una ametralladora. El impacto de los proyectiles golpeaba la chapa rítmicamente mientras ambos apretaban los dientes. El piloto, un veterano en la reserva, le hizo un gesto inequívoco a su único pasajero. Sandra tenía que ponerse el casco y prepararse para un aterrizaje de emergencia.

Aquella joven, era la cooperante española que faltaba por incorporarse al proyecto de vacunas y atención oftalmológica. Lo pensó fugazmente, mientras se cubría la cabeza, arrepentida… Ahora su novio estaba en la playa con una cerveza helada entre las manos, escuchando la canción del verano y ella metida allí, en aquella ratonera…

Otro impacto le hizo abrir los ojos.  Estaba en Irak y tenían que alejarse lo máximo posible de aquellos cazadores de personas. Los había visto secuestrar a un turista asiático a punta de pistola en Erbil.

Desde la cabina, el horizonte comenzó a cabecear, al igual que el morro de la aeronave. Ella no podían verlo, pero se había levantado una columna de arena que les perseguía como un sinuoso reptil y cada vez, más cerca. Al menos tres vehículos militares del Daesh a quince minutos de darles alcance.

El aparato se desplazaba a la altura de algunos postes de luz que atravesaban las rutas comerciales. Se escuchó una pequeña explosión en el rotor y la nave se precipitó ladera abajo. Las aspas se despedazaron contra el suelo, mientras la cabina se comprimía como papel de plata, a cada vuelta de campana que daban.

Cuando Sandra recobró el conocimiento, estaba tirada sobre una lona y rodeada de mujeres y niños que le contemplaban estupefactos. Su cuerpo había salido despedido de la aeronave pero había caido de pié. Junto al aparato algunos hombres habían sacado el cuerpo del piloto. Parecía un muñeco de trapo, pálido y sin mirada, no podía estar vivo.

Un rumor lejano arrancó algunos gritos de advertencia. Algunos campesinos salieron huyendo. Los militares, habían llegado.

Las mujeres cubrireon a Sandra con una vieja tela con la que apenas podía respirar. Al ponerse en pié notó que su cuerpo estaba, contusionado, lleno de hematomas algunos cortes y quemaduras. Pero estaba entera. Se la llevaron casi arrastras, confundida entre mujeres y voluminosos fardos que olían a especias.

Las voces atropelladas de los militares rebeldes, se fueron apaciguando a su espalda, a medida que se adentraba en las callejuelas de aquella pequeña aldea.

Durante horas se escucharon algunos disparos al aire. Aquella chatarra retorcida, era mucho metal y escondía una tecnología muy apreciada en el mercado negro.

La tuvieron escondida durante dos días en un habitáculo que se utilizaba como almacén. Desde allí puedo escuchar como los rebeldes, desmembraban el helicóptero, destripando su motor como si pudieran hacerse con su alma digital.

Las piezas de metal fueron cuidadosamente clasificadas, como valiosas reliquias, pero aquellos militares, no se dieron cuenta de que les faltaba la pieza fundamental. La única que podía cambiarlo todo. A menos de cien metros estaba la cooperante. Sin vacaciones, pero con la cabeza llena de revolucionarias ideas y además protegida por el pueblo.

Ramiro Urioste.