EL OJO REMOTO

Se sujetó la cara con sus delgadas manos blancas y se contempló frente al espejo. Era aterrador comprobar que aquella mirada retadora y libre, no era la suya. Cerró los párpados y ejecutó el movimiento ocular que le habían enseñado los rehabilitadores.

Pasó una gasa sobre los párpados. Sus dedos temblaban ligeramente, contemplando aquella obra maestra de la cirugía.

Comprobó que los músculos habían cicatrizado correctamente y no había fibrosis en el arco de movimientos oculares. Ningún problema, salvo aquella mujer que le miraba en todos los reflejos de la casa, burlona e inquietante.

 

I.-NOVIEMBRE DE 2023. EL HILO DE LA ARAÑA

La última vez que Marta pudo utilizar sus propios ojos, fue en un avión que atravesaba una tormenta. Dos días antes le habían realizado una vitrectomía, debido a un accidente de submarinismo.

Tenía contraindicado volar porque los cambios de presión podían hacer fracasar la cirugía, pero puso rumbo a la ciudad de Vigo, sin pensarlo, en silencio. Estaba destrozada, tenía que despedirse de una amiga ingresada en cuidados paliativos.

Descansaba junto a la ventanilla del avión, contemplando un atardecer que se desbordaba en el horizonte en colores volcánicos y marinos. Casi se escuchaba el estruendo del sol al sumergirse en el océano.

De improviso, sintió un “latigazo” insoportable en las órbitas. La presión del gas inyectado en la cirugía, comenzaba a expandirse colapsando el nervio óptico y llenando sus ojos de ceniza y oscuridad.

Entonces llegó aquella implacable noche infinita y su vida extrovertida y luminosa, se llenó de voces y ecos desconocidos que le guiaban como el hilo de una araña a través de las tinieblas. Se había quedado ciega.

 

II.- LA MUJER QUE PRESTÓ SU MIRADA Y NO SE LA DEVOLVIERON.

Días más tarde la ingresaron en un hospital de Barcelona y tras extraer sus órbitas consiguieron conectar los ramales cruzados del nervio óptico con unos nuevos globos oculares, que esperaban suspendidos en un líquido de preservación. Los ojos que iban a implantar pertenecían a una joven que había donado todos sus órganos.

Transcurrieron casi ocho horas desde que le aplicaron la anestesia general. Un equipo de tres cirujanos y la conexión con el IMO de Barcelona conformaban el anillo de seguridad para que todo saliese a la perfección.

Tras superar algunas infecciones que duraron meses, se programó la finalización de la rehabilitación.  Un día de marzo, la enfermera desplegó lentamente la venda que cubría sus ojos mientras se filtraba la luz por las costuras.

Cuando Marta llegó a casa, Alf, su perro mestizo, se mostró huidizo y asustado ante aquella extraña mujer que se escondía tras el rostro de su ama. Unas semanas más tarde, la identidad de la donante se filtró por culpa de un error administrativo y la conciencia de Marta se batió con una tempestad de implacables obsesiones.

Pasaron los meses, pero no se acostumbraba a aquellos ojos prestados, que en ocasiones parecían adquirir vida propia y recorrían como una obsesión hasta el más pequeño rincón de la casa. Monedas antiguas, pilas de botón, llaves de puertas inexistentes, todo lo encontraban.

Por las noches Marta tampoco dormía, Sus parpados se abrían como girasoles y no podía dejar de contar las estrellas a través de la ventana. Alf la contemplaba desde la puerta entreabierta. Ella tenía que relajarse o moriría agotada.

Compró un enorme acuario, que llenó de arena y agujas de roca negra. Sobre un manto de musgo y algas dispuso un cardumen de neones bicolor y caracoles marinos que devoraban las burbujas del filtro. Le gustaba acercarse, para que los ojos de “ella”, bucearan en aquel elegante cubo iluminado de agua. Aquello le tranquilizaba y ambas podían convivir en paz. Pero la tregua solo duró unas estaciones hasta que una lluvia torrencial precipitó los acontecimientos.

 

III.-SEPTIEMBRE DE 2025. LA TORMENTA EN EL TRASTERO

Aquel otoño, volvió a ejercer como ingeniera de sistemas. Su empresa, Hark Tecnic le abrió de nuevo las puertas y sus compañeros la recibieron entre selfies y champán. Todos le miraban a los ojos y estrechaban su mano helada, pero nadie se fijaba realmente en ella. Miraban a la otra…que les sostenía altiva la mirada.

Fue entonces cuando pensó que su conciencia se iría apagando, hasta que la dueña de aquellos ojos errantes se apoderase finalmente de su cuerpo. Su vida era como una cinta de moebius sin escapatoria posible. “Ella” siempre estaba conspirando.

El cielo se oscureció un viernes por la tarde y descargó una tormenta que anegó el pueblo de las Rozas. Los trasteros se habían inundado y Marta bajó a revisar los desperfectos. Se había ido la luz y aquello estaba impracticable. La linterna trazaba haces erráticos sobre el agua, proyectando sombras inquietantes. Alf chapoteaba junto a ella.

Allí estaban las botellas de vino, los discos y algunas maletas llenas de libros. El haz de luz se detuvo en una esquina, donde arrinconado, flotaba un bote metálico, como una capsula del tiempo. Aquel objeto oxidado le estaba esperando desde hacía tiempo. Giró lentamente la tapa y extrajo un móvil, con marcas de sal y arena.

Entonces Marta recordó aquel lejano atardecer en la costa de Vigo, cuando su mejor amiga, Karen, se zambulló para rescatar de las profundidades aquel inservible móvil apático que ahora yacía frío y correoso en sus manos. Aquel descuido tomando fotos desde la cubierta del velero, le constaría la vida a una de ellas.

Ambas se sumergieron varias veces, tratando de localizar el aparato. Hasta que se produjo el incidente con aquella vieja red de pesca a la deriva y entonces solo una llegó a la superficie.

Que el azaroso destino las uniese días más tarde en un quirófano debía tener algún significado.

Marta y Alf dejaron aquel trastero inundado y subieron a casa con aquel inesperado tesoro tecnológico. Horas más tarde ella conectó el áspero terminal a la corriente y este parpadeó milagrosamente durante unos minutos. -¿Será posible?- Nerviosa desbloqueó la pantalla y activó el último archivo de vídeo.

El rostro de la desaparecida Karen inundó la pantalla, con aquellos profundos ojos azules que ahora le había prestado. El audio reprodujo sus jóvenes risas y de fondo se escuchó la pleamar. La cámara enfocó el cielo sorprendiendo algunas gaviotas y se escuchó una voz lejana, casi ininteligible, que le deseaba… un buen viaje… La imagen se congeló en la cara de su amiga en una amplia sonrisa de despedida.

Marta sintió un escalofrío y el móvil se apagó para siempre en sus manos. Tardó en reaccionar, pero se sintió liberada de aquella culpa, convencida de que saldría adelante, reinventándose si era necesario.

Alf se arrimó a su ama dejando que esta le acariciara su pequeña cabeza y Marta subió las persianas del salón dejando que la luz lo llenase todo. La tormenta se había desvanecido.

Ramiro Urioste